COMO
ACCEDER A LA VIDA ETERNA, SEGÚN EL EVANGELIO DE SAN LUCAS (10-18)
Por:
Carlos Enrique Penalillo Pimentel, feligrés de la Parroquia Nuestra Señora de
la Alegría, San Borja, Lima – Perú.
Para nosotros los católicos que seguimos
fielmente los preceptos de la Iglesia, la liturgia de la palabra se convierte
en algo consustancial con la vida cristiana, una necesidad y un vacío por
llenarse los días domingos en misa.
No existe absolutamente nada de la existencia
humana que no se vea reflejado en los escritos de la Santa Biblia y el estar
presente, atento y receptivo a escuchar su contenido, sabiamente escogido por
la jerarquía eclesiástica, nos alimenta el espíritu y nos lleva a la reflexión
según el pasaje y enseñanzas de la vida de Jesús, magistralmente expuestas en
su mayoría por medio de parábolas.
El valor de lo recibido se incrementa con la
homilía, dependiendo del sacerdote también, definitivamente podemos observar
marcadas diferencias en las interpretaciones entre uno y otro, donde los
feligreses somos finalmente los que tengamos que captar, asimilar, entender,
comprender y aplicar lo aprendido o lo reiterado.
Me ha sucedido muchas veces que la liturgia
semanal fue precisa para el momento vivido en la semana, en la vida familiar o
laboral, básicamente por situaciones inentendibles en nuestro entorno, la
hipocresía, el egoísmo, la envidia, la ingratitud, la falta de compasión,
misericordia y perdón que tanto y tanto nos inculcó Jesucristo en su prédica,
plasmada en el Nuevo Testamento.
Fue a fines de agosto, domingo 24 puntualmente
que me di con la sorpresa de encontrar un sacerdote invitado en la misa
dominical, el padre César Vialardi, con acento español y sumamente didáctico,
luego nos contaría dentro de sus relatos y experiencias que era también
catedrático en la Pontificia Universidad Católica de Lima, entendí entonces sus
muy expresivas formas de manejar el sermón de la palabra. Nos anunció que continuaría
el ciclo de San Lucas y que iban a ser 10 semanas íntegras dedicadas a su Evangelio
(13-18) y explicarnos aquellos “requisitos” para entrar al Reino de Dios. Cada
domingo siguiente realizaba una recapitulación de lo expuesto la semana
anterior, existía una franca expectativa por seguir escuchándolo.
Primera
semana (10, 25-37)
“Haz
esto y tendrás la vida”
Un
maestro de la ley, intentando poner a prueba a Jesús le lanza la pregunta:
«Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida
eterna?».
Él le dijo:
«¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?».
El respondió:
«“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda
tu fuerza” y con toda tu mente. Y “a tu prójimo como a ti mismo”».
Él le dijo:
«Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida».
El maestro de la ley insistió y le vuelve a preguntar
¿Quién es mi prójimo? Jesús le habló de la parábola del buen samaritano, donde
un sacerdote y un levita rodearon y se apartaron de un hombre que acababa de
ser asaltado y herido por unos delincuentes, sin embargo, un samaritano lo
auxilió, protegió y curó. Luego Jesús le pregunta al maestro de la ley:
¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del
que cayó en manos de los bandidos?».
Él dijo:
«El que practicó la misericordia con él».
Jesús le dijo:
«Anda y haz tú lo mismo».
El padre nos ilustró en
referencia a las leyes mosaicas que prohibían a los judíos acercarse a alguien
ensangrentado o al prójimo, que significa “próximo” es decir aquellos que no
eran pertenecientes a las tribus judías.
Se pone de manifiesto la
apertura del horizonte de la salvación a los oficialmente no judíos
Segunda semana (10, 38-42)
“Andas inquieta y preocupada por muchas cosas”
Jesús entra invitado a la casa de Marta, donde estaba
María y mientras Marta se preocupaba por los quehaceres y servicios de su casa,
María estaba atenta escuchando al Señor sentada junto a sus pies. Luego Marta
le pregunta a Jesús:
«Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola
para servir? Dile que me eche una mano».
Respondiendo, le dijo el Señor:
«Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es
necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada»
Lucas, sin duda, privilegia a
María como oyente de la palabra y eso, en este momento de subida a Jerusalén,
es casi decisivo para el evangelista. Se quiere subrayar cómo debemos, a veces,
sumergirnos en los planes de Dios. De eso es de lo hablaba Jesús camino de
Jerusalén (según Lucas) y María lo elige como la mejor parte. Marta… no ha
podido desengancharse… y ahora debiera haberlo hecho.
En su homilía, el padre nos
inculca la necesidad de atención y dedicación a escuchar y entender la palabra
de Dios para convertirnos en verdaderos cristianos utilizando el cerebro, el
corazón y las manos
Tercera semana (11, 1-13)
“Señor, enséñanos a orar”
Se le acercó a Jesús un discípulo y le pidió que les
enseñe a orar, como lo hizo Juan
Él les dijo:
«Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino,
danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque
también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en
tentación”».
Luego, el Señor Jesús les pregunta qué harían sin un
amigo le toca la puerta a la media noche y les pide un pan para una visita
inesperada, inicialmente se molestará, pero, a pesar de ello, lo ayuda.
Pues yo os digo a vosotros: pedid y se os dará, buscad
y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que
busca halla, y al que llama se le abre.
¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez,
le dará una serpiente en lugar del pez? ¿O si le pide un huevo, le dará un
escorpión?
Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas
buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo
a los que le piden?
¿Qué significa Padre (Abba)?
No es un nombre de tantos para designar a Dios, como ocurría en las plegarias
judías. Lo de Lucas, pues, no es más que el original arameo de la invocación de
Jesús. Y era la expresión de los niños pequeños, con la significación genuina
de "Padre querido". Así, pues, Jesús habla con Dios en una atmósfera
de intimidad verdaderamente desacostumbrada. Y enseña a sus discípulos a hacer
otro tanto.
Cuarta semana (12, 13-21)
“Ser ricos ante Dios”
Una persona le pide a Jesús que hable con su hermano para
repartir la herencia, el señor le responde:
«Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre
vosotros?».
«Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su
vida no depende de sus bienes».
Luego Jesús les relata la parábola de aquel hombre rico
que construye un inmenso granero para almacenar y acrecentar sus bienes y poder
darse la gran vida, pero, Dios le dijo:
“Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de
quién será lo que has preparado?”.
Así es el que atesora para SÍ y no es rico ante Dios.
Los bienes materiales son
efímeros e inconsistentes, para la vida, y especialmente para la vida eterna.
En su lugar nos propone trabajar por ser rico ante Dios. Se rico ante Dios,
conlleva poner a Dios por encima de cualquier tipo de bien y utilizar el dinero
en favor de nuestros hermanos, especialmente, los más desfavorecidos.
En la época en que vivimos, en
la sociedad llamada del bienestar, que, a menudo promueve el consumismo, es
saludable que nos preguntemos por nuestra actitud ante los bienes materiales y
si somos capaces de anteponer y promover los valores eternos.
Quinta semana (12, 32-48)
“Estar atentos y vigilantes”
Pedro le pregunta a Jesús si se refería a ellos o a todos
por la parábola que les dijo donde indicaba “No temas, pequeño rebaño,
porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino…Bienaventurados aquellos
criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo
que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo”.
Jesús le responde a Pedro:
“Bienaventurado aquel criado a quien su señor, al
llegar, lo encuentre portándose así. En verdad os digo que lo pondrá al frente
de todos sus bienes…El criado que, conociendo la voluntad de su señor, no se
prepara ni obra de acuerdo con su voluntad, recibirá muchos azotes; pero el
que, sin conocerla, ha hecho algo digno de azotes, recibirá menos.
Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que
mucho se le confió, más aún se le pedirá”
Los Evangelios nos invitan a
compartir con amor. La vida es vida auténtica cuando se contempla (mirar con
amor) y se está atento a aquellos con los que se habita, con los que se
comparte. La casa, el mundo que habitamos, que sea “nuestra casa”. “¡Estad
vigilantes!” para no perder esta orientación; “¡Estar atentos!” para servir a
los demás.
Sexta semana (12, 49-53)
“He venido a prender fuego”
Jesús les dijo a sus discípulos
«He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto
deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué
angustia sufro hasta que se cumpla!
¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No,
sino división.
Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres
contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el
hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la
suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra»
Lucas, en este evangelio, nos presenta un mensaje de
misericordia, muy exigente, donde Jesús nos describe el camino por el que
tenemos que atravesar los que optamos por seguirle, un camino que no va a ser
fácil, que va a ser duro y que Jesús nos lo describe con estas palabras:
“pensáis que he venido a traer al mundo paz! No, sino división”.
Ante este mensaje, no podemos
quedarnos callados ni ser neutrales, exige por nuestra parte una respuesta
acorde a las exigencias que Jesús nos pide, eso incluye denunciar, corregir lo
que está mal… No podemos callarnos verdades, aunque eso incomode muchas veces a
los destinatarios
Séptima semana (13, 22-30)
“La puerta estrecha, puerta hacia la vida”
Caminando hacia Jerusalén le preguntaron a Jesús:
«Señor, ¿son pocos los que se salvan?»
Él les dijo:
«Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos
intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la
puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo: Señor, ábrenos;
pero él os dirá: “No sé quiénes sois”. Entonces comenzaréis a decir: “Hemos
comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”.
Pero él os dirá: “No sé de dónde sois. Alejaos de mí todos los que obráis la
iniquidad”.
Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando
veáis a Abrahán, a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios,
pero vosotros os veáis arrojados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del
norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.
Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que
serán últimos».
En la mentalidad legalista y
estrecha del judaísmo, que también ha heredado en muchos aspectos el
cristianismo, la salvación se quiere garantizar previamente como se tratara de
un salvoconducto inmutable e intransferible. No se trata de desprestigiar una
moral, una conducta o una institución, como si el evangelio convocara a la
amoralidad y el desenfreno para poder salvarse. Esta conclusión de moralismo no
es lo que piden las palabras de Jesús. Pero sí debemos afirmar rotundamente: si
la salvación no sabemos recibirla como una “gracia”, como un don, no
entenderemos nada del evangelio.
El padre César nos subraya las
dos primeras condiciones para acceder al Reino de Dios, la HUMILDAD y el
ESFUERZO
Octava semana (14,1. 7-14)
“Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados,
cojos y ciegos”
En sábado, Jesús entró en casa de uno de los principales
fariseos para comer y ellos lo estaban espiando.
Notando que los convidados escogían los primeros puestos,
les decía una parábola:
«Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea
que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que os convidó a
ti y al otro, y te diga: “Cédele el puesto a este”. Entonces, avergonzado, irás
a ocupar el último puesto.
Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el
último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga:
“Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales.
Porque todo el que se enaltece será humillado; y el
que se humilla será enaltecido»
Y dijo al que lo había invitado:
«Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos,
ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote,
y quedarás pagado.
Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados,
cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en
la resurrección de los justos».
La enseñanza y la riqueza de
este pasaje pretende ayudar a la comunidad a descubrir cómo la humildad y la
gratuidad no son simples virtudes humanas, sino manifestaciones concretas del
Reino de Dios en medio de nuestra realidad.
Novena semana (14, 25-33)
“Quien no renuncia a todos sus bienes no puede ser
discípulo mío”
En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se
volvió y les dijo:
«Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a
sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser
discípulo mío.
Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no
puede ser discípulo mío…Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia
a todos sus bienes no puede ser discípulo mío».
La fe disuelve barreras y
renueva actitudes, construyendo comunidades basadas en respeto e igualdad. El
discipulado se compara con una torre y una batalla. Construir implica
perseverancia y renuncia; luchar supone enfrentar egoísmo, miedo y tentación.
La victoria no sigue criterios mundanos: puede implicar perder bienes o la
vida, pero está asegurada en el Resucitado. La gloria del discípulo es
participar de la vida y misión de Cristo, en sus momentos de luz y de cruz, con
la certeza de que la victoria final, la vida eterna, ya nos ha sido dada por
adelantado.
Décima semana (15, 1-32)
“Se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador
que se arrepiente”
En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los
publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas
murmuraban diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo esta parábola: «¿Quién de ustedes que
tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el
desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la
encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa,
reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: “¡Alégrense conmigo!, he
encontrado la oveja que se me había perdido”.
Les aseguro que así también habrá más alegría en el cielo
por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no
necesitan convertirse.
O ¿qué mujer que tiene diez monedas, si se le pierde una,
no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la
encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les
dice: “¡Alégrense conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido”.
Les aseguro que la misma alegría tendrán los ángeles de
Dios por un solo pecador que se convierta».
También les dijo: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de
ellos dijo a su padre:
“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”.
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo
suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo
perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre
terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de
aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de
las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo: «Cuántos jornaleros de
mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me
levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he
pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame
como a uno de tus jornaleros”.
Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía
estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a
correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y
contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.
Pero el padre dijo a sus criados: “Saquen enseguida la
mejor túnica y vístansela; pónganle un anillo en la mano y sandalias en los
pies; traigan el ternero cebado y sacrifíquenlo; comamos y celebremos un
banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo
hemos encontrado”.
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se
acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados,
le preguntó qué era aquello.
Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha
sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.
Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e
intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre: “Mira: en tantos años
como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un
cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese
hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero
cebado”.
El padre le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo
lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este
hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos
encontrado”».
Había caído de su padre; había
caído lejos de sí: salió desde sí mismo hacia las cosas que están fuera de sí.
Vuelve a sí y se dirige a su padre, donde puede refugiarse con toda seguridad
Undécima semana (16, 1-13)
“No podéis servir a Dios y al dinero”
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Un hombre rico tenía un administrador, a quien acusaron ante él de
derrochar sus bienes.
Entonces lo llamó y le dijo:
“¿Qué es eso que estoy oyendo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque
en adelante no podrás seguir administrando”.
El administrador se puso a decir para sí:
“¿Qué voy a hacer, pus mi señor me quita la administración? Para cavar no tengo
fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me
echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa”.
Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo
al primero:
“¿Cuánto debes a mi amo?”.
Este respondió:
“Cien barriles de aceite”.
Él le dijo:
“Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta”.
Luego dijo a otro:
“Y tú, ¿cuánto debes?”.
Él contestó:
“Cien fanegas de trigo”.
Le dijo:
“Aquí está tu recibo, escribe ochenta”.
Y el amo felicitó al administrador injusto, por la
astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más
astutos con su gente que los hijos de la luz.
Y yo os digo: ganaos amigos con el dinero de
iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas.
El que es de fiar en lo poco, también en lo mucho es
fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto.
Pues, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta,
¿quién os confiará la verdadera? Si no fuisteis fieles en lo ajeno, ¿lo
vuestro, quién os lo dará?
Ningún siervo puede servir a dos señores, porque, o
bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará
caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero».
Podemos imaginar las caras de
los oyentes de Jesús al escuchar estas palabras. Y es que Jesús, como buen
comunicador, sabía cómo sorprender y captar la atención de su público.
Por eso, aunque estas palabras
de Jesús también nos puedan sorprender, no pensemos que alaba al administrador
de la parábola por haber malgastado los bienes de su amo, sino más bien por su
ingenio. No nos lo presenta como ejemplo por su moralidad, sino por su
capacidad para actuar en una situación crítica: ante su inminente despido, supo
reaccionar y cambiar su destino antes de que fuera demasiado tarde.
Duodécima semana (16, 19-31)
“Recibiste tus bienes en vida”
En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
«Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada
día.
Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su
portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa
del rico.
Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.
Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los
ángeles al seno de Abrahán.
Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en
el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a
Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo:
“Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del
dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”.
Pero Abrahán le dijo:
“Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males:
por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado.
Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo
inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan
hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”.
Él dijo:
“Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco
hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan
a este lugar de tormento”.
Abrahán le dice:
“Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”.
Pero él le dijo:
“No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”.
Abrahán le dijo:
“Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite
un muerto”».
El problema de la pobreza y la
injusticia social recorre, como uno de los temas transversales, el evangelio de
Lucas. Entre otras razones, porque le preocupaba el peligro que amenazaba a
algunos cristianos de finales del siglo primero: si no adinerados, sí
acomodados en los confortables estándares de una vida mundana, holgada y
despreocupada.
Décimo tercera semana (17, 5-10)
“Auméntanos la fe”
En aquel tiempo, los apóstoles le dijeron al Señor:
«Auméntanos la fe».
El Señor dijo:
«Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera:
“Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecería.
¿Quién de vosotros, si tiene un criado labrando o
pastoreando, le dice cuando vuelve del campo: “Enseguida, ven y ponte a la
mesa”?
¿No le diréis más bien: “Prepárame de cenar, cíñete y
sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”?
¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque
ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo que se os
ha mandado, decid:
“Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”».
En nuestro acontecer diario,
la fe se emplea condicionalmente. Si bien no la aplicamos a lo divino, sí, y en
gran medida a creer en las noticias que nos sirven cuotidianamente. Como seres
inteligentes tenemos que filtrar la noticia para que no sea una falsa noticia.
Hoy día hay muchas noticias y puede que alguna sea verdad.
El asentimiento de la fe,
conduce al cristiano a la confianza que dimana de la VERDAD REVELADA, Cristo el
Señor, e impulsa a ser servidores de la justica en el mundo
Décimo cuarta semana (11, 27-28)
“Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y
la cumplen”
En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la gente, una
mujer de entre el gentío levantando la voz, le dijo:
«Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron».
Pero él dijo:
«Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».
¿Reconozco y acepto que necesito de los demás?
Saberse perteneciente: ¿cómo me dispongo, me enfrento, a
esa realidad, esa necesidad, de saberse perteneciente?
Distinguir entre imponer y servir. Cuando no escuchamos,
imponemos; cuando escuchamos podemos conocer mejor y podemos servir.
¿Cuál es mi tendencia?
El amor es tal cuando nos hace capaces de servir, buscar
el bien del otro, conocer y consecuentemente conocernos. ¡Bienaventurados!
Décimo quinta semana (18, 1-8)
“Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman
ante él día y noche?”
En aquel tiempo, Jesús decía a sus discípulos una
parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer.
«Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le
importaban los hombres.
En aquella ciudad había una viuda que solía ir a
decirle:
“Hazme justicia frente a mi adversario”.
Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se
dijo a sí mismo:
“Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está
molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a
importunarme”».
Y el Señor añadió:
«Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus
elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les
hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará
esta fe en la tierra?».
Dios no se parece, ni mucho
menos, al juez de la parábola. Dios conoce muy bien las injusticias que sufren
los pobres y vulnerables, todos sus hijos e hijas. Y desde su misericordia,
sale siempre en favor de todos nosotros.
El mensaje del evangelio es
claro, por eso es buena noticia: Dios está de parte de los que no pueden
defenderse. Esto choca tantas veces con la justicia del mundo, que parece
favorecer más a los poderosos que a los débiles.
Por eso Jesús recuerda a sus
discípulos, los de entonces y los de ahora, que debemos poner siempre nuestra
confianza en el Padre, estar en comunión con Él y en la oración perseverante,
experimentar así que nunca va a dejar de escucharnos, querernos y estar de
nuestra parte.
Décimo sexta semana (18, 9-14)
“Todo el que se enaltece será humillado y el que se
humilla será enaltecido”
En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a algunos que
se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:
«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano.
El fariseo, erguido, oraba así en su interior:
“¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones,
injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana
y pago el diezmo de todo lo que tengo”.
El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se
atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho
diciendo:
“Oh Dios!, ten compasión de este pecador”.
Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel
no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será
enaltecido».
El fariseo, que no sabe
encontrar a Dios, tampoco sabe encontrar a su prójimo porque nunca cambiará en
sus juicios negativos sobre él. El publicano, por el contrario, no tiene nada
contra el que se considera justo, porque ha encontrado en Dios muchas razones
para pensar bien de todos. El fariseo ha hecho del vicio virtud; el publicano
ha hecho de la religión una necesidad de curación verdadera. Solamente dice una
oración, en muy pocas palabras: “ten piedad de mí porque soy un pecador”. La
retahíla de cosas que el fariseo pronuncia en su plegaria ha dejado su oración
en un vacío y son el reflejo de una religión que no une con Dios.
Como corolario de lo entendido
en estas semanas dedicadas a la Palabra de Dios, según el evangelio de San
Lucas, los principales requisitos necesarios para alcanzar el Reino de Dios al
partir a su encuentro serían a mi modesto entender como un feligrés comprometido
y convencido, los siguientes:
1. HUMILDAD
2. ESFUERZO
3. GRATITUD
4. RESPETO
5. ARREPENTIMIENTO
(ENMIENDA)
6. JUSTICIA
7. FE
8. SERVICIO
9. MISERICORDIA
10. CONFIANZA
El camino para poder ser un
buen cristiano requiere mucho esfuerzo, el manejo del ego es primordial para ser
humilde en nuestro corazón y pensamientos. Ayuda mucho asistir a misa todos los
domingos, escuchar y entender con suma atención la liturgia de la Palabra,
salir reconfortado y agradecido luego de recibir el cuerpo de Cristo en la
comunión, comprometernos con nuestras acciones a conseguir el cambio que
necesitamos, predicar y evangelizar con el ejemplo, en nuestro hogar, trabajo y
demás medios sociales donde nos desenvolvemos día a día.
Fuente de comentarios y homilías:
San Agustín, Sermón 96, 2
Fr. Jesús Nguema Ndong Bindang O.P.
Fray Juan Huarte Osácar O.P.
Fr. Carlos Recas Mora O.P.
Fr. José Luis Ruiz Aznarez O.P.
Fr. Bernardo Sastre Zamora O.P.
Fr. Juan Manuel Febles Calderón O.P.
Fray Juan Carlos González del Cerro O.P.
Padre Marco Agüero
Padre César Vialardi